Mi madre

“Hora de maleficios. Cuando las tumbas se abren y hiede el infierno.”
William Shakespeare.

Polvo.

Dicen que somos polvo.

Y en polvo nos hemos de convertir.

Mi madre lo repetía continuamente durante las noches que había luna llena. Tomaba mi mano y me guiaba hasta la iglesia del pueblo. Me obligaba a hincarme y mientras mi rostro veía fijamente a un Hombre crucificado, mi madre tomaba un alfiler y pinchaba mi espalda una y otra vez hasta que de entre mis vértebras fluía un líquido vital que era cuidadosamente recabado por las manos de mi progenitora.

Mientras ella clavaba mi frágil piel, las lágrimas de dolor escurrían por mi rostro, pero mi mirada permanecía inmóvil mientras observaba a Aquél cuyo dolor era muy superior al mío.

Las manos huesudas y callosas de mi madre tatuaban mi piel, sentenciando fatalmente mi destino.

Y mientras ella susurraba palabras que yo desconocía,  otras voces eran escuchadas por mis oídos.

“… las tumbas se abren y hiede el infierno.”, finalizaba mi madre, y tocaba mi cuello ejerciendo presión en sus dedos pulgar e índice, como señal de que podía levantarme para seguir nuestro camino.

Mientras un ligero desvanecimiento recorría mi endeble cuerpo al tratar de levantarse, mi madre me tomaba del cabello y me empujaba violentamente hacia el suelo.

—Persígnate engendro.- escuchaba pronunciar de sus pútridos labios.

Mi mirada no se apartaba del Hombre coronado con espinas al que mi ser sentía cierta lástima pero suplicaba ayuda.

—Dilo.- ordenaba mi madre.

—En polvo me he de convertir.- balbuceaba yo de manera idiota mientras sentía que estaba a punto de desvanecerme.

Volteaba a mi lado izquierdo y veía a una mujer de largos cabellos negros, vestida toda de blanco que se postraba y lanzaba berridos de inframundo, mientras lloraba férreamente por sus hijos al parecer muertos por conducto de ella misma.

Desde que tengo uso de razón, acontecía lo mismo mes tras mes durante la luna llena.

Pero esta vez fue diferente.

Los rumores decían que hombres raros habían arribado al pueblo.

No se conocía su procedencia ni su interés en ese lugar alejado de toda civilización.

Y la noche en que los coyotes aullaron, mi madre me condujo nuevamente al templo.

Me postré como todas las veces y miré al Hombre cuyas piernas no temblaban ni parecía preso del terror.

Fijé mi mirada en Él, y uno a uno, comencé a sentir los piquetes en mi espalda.

Comencé a sentir las lágrimas escurriendo por mi rostro, pero mis ojos permanecían fijos en Aquel cuyo rostro estaba cubierto de sangre.

Y mientras mi madre hablaba un idioma extraño, otras voces a mi alrededor murmuraban herejías y yo sólo seguía suplicando piedad en silencio.

Escuché un ruido ensordecedor, y al unísono dejé de sentir pinchazos en mi espalda.

A mi lado ví caer un cuerpo senil de mujer con un alfiler entre sus arrugadas manos y su propia sangre brotando de sus costillas.

Incrédulo volteé a ver más atrás, y vi a los hombres raros con un objeto de metal en sus manos, el cual escupía humo y seguía señalando al lugar en el que inicialmente se encontraba mi madre.

Alrededor de ellos, la gente del pueblo me miraba horrorizada y gozaban con la muerte de quien me dio la vida.

Caí de hinojos y escuché proferir hacia mí todo tipo de calamidades.

— ¡Es un monstruo! Está deforme y su sangre está maldita.- gritaban señalándome.

Torpemente cerré los ojos del cadáver que se encontraba postrado ante mí, en silencio susurraba una y otra vez: “En polvo te has de convertir”.

Detrás de mí, Él me observaba impasible, a mi lado derecho, una mujer vestida de blanco y pelo negro lloraba por sus hijos, y yo, a merced de una muerte segura, lloraba por mi madre.

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Un pensamiento en “Mi madre”

  1. Hola Jess.

    Me gustó tu cuento, la forma en la que abordas esa mezcla de religiosidad, brutalidad y violencia que dio origen a este constructo que ahora llamamos México. De hecho, debo confesarte que, en buena medida, tu historia inspiró algunos elementos de la mía, así que doblemente gracias, por la inspiración y por el gusto de leerte. Saludos.

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