Inseparables

Donatelo contemplaba desde la azotea el mar de tejados, postes, antenas, árboles y cables que se extendía alrededor de él en todas direcciones. Doce pisos más abajo corría el torrente bullicioso de coches y peatones. En la azotea de un edificio cercano una mujer colgaba  ropa en los tendederos. Algunas ventanas del condominio de enfrente tenían abiertas las cortinas, revelando parte del interior de las habitaciones.

Por un momento, Donatelo tuvo la esperanza de que se presentara la oportunidad de espiar a alguna vecina saliendo de la regadera, pero no tuvo tal suerte. En cambio, su mirada se cruzó con la de una anciana asomada a una de las ventanas. La mujer hizo una mueca y cerró bruscamente la cortina. Donatelo abandonó la inspección del edificio y siguió contemplando el panorama.

A su lado estaba Ronaldo. Aunque ambos estaban parados en el mismo lugar, Donatelo sabía que no veían lo mismo. Ronaldo tenía los ojos desorbitados  y  la mirada absorta. Apenas si se movía; el ritmo de su respiración era suave y su silencio casi total, interrumpido sólo de vez en cuando por un pequeño espasmo similar al hipo.

En su boca entreabierta comenzaba a formarse un hilillo de saliva. Donatelo, resignado, sacó un pañuelo y lo limpió, aunque sabía que en pocos minutos tendría que repetir la operación. Se cuestionó, como lo había hecho tantas veces, si la dignidad que trataba de preservar era realmente la  de Ronaldo y no la suya.

Su mente regresó, como todos los días, al momento que cambiaría su vida para siempre. Él y Ronaldo estaban en la calle, se detuvieron frente a una tienda, siguieron caminando y al doblar la esquina un coche los embistió. A pesar del impacto recordaba todo con nitidez: las luces del coche, la sensación de inevitabilidad que lo invadió una fracción de segundo antes de la colisión,  y después, abrir los ojos y encontrarse tirado sobre el pavimento, conmocionado, pero a la vez sorprendido de su lucidez y ausencia casi total de dolor. Ronaldo yaciendo a su lado, con la mirada en blanco y la cara cubierta de sangre. La ambulancia, las sirenas, la camilla y las luces del hospital pasando velozmente sobre él, como si fuera el pasillo y no la camilla lo que se movía. Después el quirófano, los hombres con tapabocas y la mascarilla de anestesia.

Y después, las preguntas inevitables. ¿Por qué tuvo que suceder justo en ese momento? ¿El conductor estaba ebrio, cansado o sólo distraído? ¿Habría sido distinto si Ronaldo no se hubiera empeñado en pararse frente a un escaparate para mirar un reloj que de cualquier manera no iba a comprar? Donatelo no intentaba buscar respuestas, y aunque esos pensamientos lo asaltaban a diario, no permitía que lo torturaran. Fue un accidente y ya, algo que pudo pasarle a cualquiera. Así de simple.

Su memoria saltó al consultorio del doctor que meses después daría el veredicto final. La vida de ambos estaba fuera de peligro, pero Ronaldo jamás volvería a ser el mismo. Las consecuencias del trauma craneoencefálico masivo eran irreversibles. No volvería a hablar y perdería todas salvo las facultades motrices más elementales. No podría comer ni asearse por sí mismo.

Y su semblante jamás cambiaría; mantendría por siempre esa mirada extraviada, esa boca babeante y siempre abierta que no emitía más que gruñidos y balbuceos, o bien los largos silencios, interrumpidos sólo por esos espasmos parecidos al hipo.

A Ronaldo y Donatelo los unía un vínculo que pocos hombres podrían comprender, y que ninguno podría desear. Eran precisamente el amor y la piedad derivados del mismo lo que había motivado a Donatelo a subir con Ronaldo a la azotea. Piedad por él, ciertamente, aunque también una admitida y asumida autocompasión.

Donatelo amaba a Ronaldo profundamente, tanto como a sí mismo. Era abrumador ver a  su compañero inseparable de toda la vida, el conocedor de todos sus pensamientos y secretos, reducido a un idiota babeante y balbuceante. Donatelo era fuerte; muchos sufrimientos habían templado su carácter. Sabía que, de proponérselo, sería capaz de seguir adelante. Pero estaba definitivamente seguro de que no quería.

Dio otro vistazo al panorama,  a los kilómetros de ciudad que se extendían hasta las montañas en el horizonte, al cielo abierto, profundo,  y a las formas caprichosas de las nubes traspasadas por haces solares. Era una tarde ordinaria, pero hermosa en su simplicidad. Puso su mano bajo la barbilla de Ronaldo y levantó suavemente su cara para que viera el cielo también. No sabía si esto haría diferencia alguna, ni lo que pasaba por la poca conciencia que le quedaba, pero le pareció adecuado: un último y solemne gesto de compasión.

Por un instante se quedó quieto, pensando con ironía que seguramente ambos serían el tema de conversación de moda por algún tiempo. Después hizo lo que tenía que hacer.

Donatelo no se equivocaba. Al día siguiente los diarios, especialmente los más sensacionalistas, publicaron la nota con el muy predecible encabezado, “Siameses suicidas”.

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