El quinto mandamiento

Tenía los párpados cerrados, con el apacible e inexpresivo rostro que caracteriza a quienes han vivido siete décadas, buscando con ahínco la paz interior que caracterizó el rumbo de casi toda su vida y que perdió durante los acontecimientos que se suscitaron en el transcurso de la última semana y de los cuales fue partícipe de forma directa; Philippe tenía los párpados cerrados y sin embargo no dormía, trataba de olvidar aquello que lo había obligado a abandonar el territorio que consideró como su segundo país, si acaso tal término es correcto.

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Sangre de mi sangre

«Primero en tiempo, primero en derecho«… ja, ja, ja, ja, ja, pobre estúpido; Juan Pablo, tardó unos segundos en asimilar el significado de esa frase, fue entonces cuando comprendió el sentido de la misma.

Al instante reflexionó sobre el cuadro que estaba ante sus ojos, le pareció una mala broma del maldito destino, siempre en su papel de agnóstico, el gesto serio cada vez que hablaba del tema, le vino de inmediato a la mente las mil y un veces que repitió a cuanta persona se dejara por él influenciar: «el destino no existe»; no obstante, ese mismo destino(?) del que por tantos años renegó, le daba una bofetada directo a su -hasta hace unos cuantos minutos- inmaculado orgullo; no daba crédito a lo que sus ojos le mostraban, le pareció una imagen dantesca, un mal chiste. Continuar leyendo «Sangre de mi sangre»

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Redención.

Nunca me gustó escuchar el sonido de mi propia voz, pero ante la imposibilidad de contar esto a «alguien» mas y la negativa de asistir a un psiquiatra como tantas veces lo sugirió mi madre, es que veo como única válvula de escape a este asqueroso estrés y tensión acumulada a lo largo de un año, desahogarme con una estúpida grabadora, testigo mudo de mis experiencias tantos meses calladas, así que bueno, no es mi deseo alargar esta experiencia mas de lo estrictamente necesario, así que comencemos de una buena vez.

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Duerme con los ojos cerrados

La, la, la, tara, ra, ra… son varias las noches que paso sin conciliar el sueño, en un principio lo achaqué a mi adicción al café, pero cuando me decidí a dejarlo, nada, mis párpados no hacían caso a la orden de que cerraran cuando la última luz había sido apagada ya; fue entonces, cuando mi cuerpo se desintoxicó y quedó libre de cafeína, que escuché ese sonido, primero como un levísimo susurro que conforme avanzaba la noche se hacía más nítido -sin llegar a ser molesto-; de inmediato supuse que era una mala broma que me jugaba la mente, pero conforme transcurrían los días, posteriormente las semanas, no pude desprenderme de esa melodía que a cuentagotas mi enfermiza mente creaba para mí, solamente para mis oídos y para mi deleite.

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Mesías

Sonó el teléfono, «son las nueve treinta horas» de inmediato lo pensé, durante las últimas cuatro semanas insistentemente sonaba el teléfono, siempre a la misma hora, siempre la misma persona. -¿Podremos vernos el día de hoy?Siempre la misma respuesta.

– Me encuentro muy ocupado, lo siento.

Siempre me preguntaba al colgar el auricular, ¿qué tan ocupado puede encontrarse un universitario que cursa el octavo semestre con anhelos de columnista en el periódico de mayor circulación de la capital? Continuar leyendo «Mesías»

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